RECORDAMOS AL MAESTRO:
Miguel Dávila

A Miguel Dávila desde hace ya más de una década le atraen los muros de la ciudad; pero sus actuales travesías urbanas son testimonio de otros sentimientos que los que manifiestan aquellos muros llenos de fragmentarias escrituras, sombras, signos y señales que hacen entrar y salir al espectador en una elocuencia que la actualiza acerca de un mundo de consignas ciudadanas.

Ahora cada obra pareciera guardarse cuidadosamente de cualquier estridencia para proponer un silencio jeroglífico, como si el hermetismo se hubiera apoderado de las escenas que, más que una descripción realista, parecieran la organización de un ensueño que, mediante deliberados montajes, superpone cifras y claves de sus actuales travesías urbanas.

No caben dudas que en esta nueva producción de Dávila, abstracción y figuración siguen presentes como en casi todas sus etapas; pero aquí es notable la deliberada planimetría que pareciera rechazar cualquier perspectiva o espacio virtual. Sólo algunas notas puntuales de las arquitecturas o las fantasmáticas presencias de lo humano, nos alejan de las sensibles geometrías presentes en todas sus obras.

Ocurre que el artista convoca en el plano multidireccional de su mirada, que por fin sintetiza sus recorridos en la impecable organización de estas pinturas; lo que permanentemente captamos es una sutil burla de lo empírico pues solo en unas pocas obras lo real aparece contundente; en la mayoría se trata de la traducción de los tránsitos y resonancias que viven en su memoria.

Y si a esta traducción memoriosa que ya de por sí solo guarda aquello acaso entrañable para el artista, le agregamos el apastelado tratamiento de la pintura presente en casi todas sus obras, debemos concluir que Miguel Dávila ha sabido eliminar todo lo contingente para crear un clima que trastoca el presente en una imponderable lejanía.

Raúl Santana, Junio 2004