Entrar en la sala de exhibición de las obras de Mark Rothko (1903-70) es entrar en otra
dimensión, otro mundo. Un mundo donde el color lo dice todo, donde no hacen falta palabras, donde todo es emoción.

La sala está en penumbra y los cuadros, oscuros, iluminados con una luz tenue, nos invitan a despojarnos del mundo exterior y entrar en esta dimensión mágica de palabras mudas. A medida que nos vamos acostumbrando al cambio de intensidad de la luz, empezamos a sentir cómo esos marrones, rojos, sepias y grises nos rodean y nos murmuran al oído.
Las distintas capas de pintura empiezan a colarse a la superficie de la tela y a vibrar al
ritmo de una música interior.

Esta exhibición en la Tate Modern de Londres, reunió principalmente sus trabajos en serie.

Son repeticiones y variaciones sobre un mismo tema. “Si algo vale la pena hacer una vez, vale la pena repetirlo una y otra vez, explorándolo, y así obligar al público a que lo vea”. (Rothko).

Estas ideas ya formaban parte de su campo de color pero entre los años 50 y 60 adquirieron un nuevo valor. El trabajar en las series le permitía explorar el concepto de estas ideas con un método de auto-conocimiento y le permitía investigar así las posibilidades de la pintura en una cultura saturada de imágenes. El proceso surgió en parte a partir de varios encargos. El primero fue el edificio Seagram en Park Avenue, Nueva York. Pero los murales Seagram (1958-9) nunca llegaron a destino porque Rothko decidió que un comedor privado no era el lugar adecuado para apreciar sus pinturas. Durante los 10 años siguientes se preocupó por la exhibición de estos murales y por las cuestiones pictóricas e intelectuales que se habían planteado a partir de su concepción. A pesar de que continuó realizando trabajos de gran calidad en tela y en papel, son las series de los últimos años lo más importante de su producción artística.

Un estudio con rayos x reveló las distintas capas de pintura que ocultaba un cuadro. Tal vez empezaba con un azul, luego ponía un rojo y así sucesivamente, hasta llegar al color final. Nunca es un color logrado en forma pura, es el resultado de la superposición de capas. Y tampoco le gustaba cubrir la tela hasta el borde. Siempre dejaba un espacio donde se colaba un color, una transparencia, una salpicadura, para recordarnos que el cuadro era algo material, tangible y traernos de regreso al mundo de lo real.

En la serie de trabajos en negro, dividía la tela en dos partes y jugaba con la vibración de los distintos tonos y colores frente al negro absoluto.

Aunque en Rothko, nada era absoluto. A Rothko no le gustaba que lo miraran trabajar y
rara vez permitía que lo observaran o fotografiaran mientras pintaba, ni siquiera sus asistentes.

En las fotos siempre se lo muestra en actitud contemplativa, estudiando sus trabajos.
Quería guardar sus fórmulas mágicas y secretas y sorprender al mundo con el resultado final.

Claudia Ferrari