La instalación de Gerardo Feldstein intenta reunir dos pilares básicos: homenaje a las víctimas y la falta de justicia.

El primer pilar, se manifiesta a través de un círculo de ochenta y cinco pares de calzados | 49 de hombre, 35 de mujer y uno de un chiquito, que conmemoran y dan presencia a los muertos en el atentado, posicionados “como mirando hacia el centro”. En el centro -segundo pilar- una escultura realista alude a un juez que “duerme” una suerte de “siesta eterna” en un “banco de su despacho” colocado sobre una “alfombra” constituída por las miles de carillas correspondientes al expediente de la causa AMIA. Carillas que también se amontonan como “basura” junto a montones de “cajas de pizza y botellas de champagne“, vacíos. En medio de este revoltijo, también aparecen algún que otro libro de derecho y del código penal argentino. Cuando el espectador ingresa a la sala, así como cuando pasa por ciertos puntos de la misma, escucha una voz -desde los altoparlantes- que dice en tono frío e imperante; “silencio por favor … su señoría duerme…” y el “duerme” permanece, repitiéndose, en un eco interminable…
Poética Instalada
Una reciente instalación del artista Gerardo Feldstein indaga realidades aturdidas. Bajo el nombre “Duerme” la obra parte de imágenes sencillas, quizá grotescas, y sugiere reflexiones inquietantes. Un juez atrapado por el sueño parece flotar entre expedientes, botellas de champaña y cajas de pizzas. Le rodea un círculo de zapatos: el símbolo mismo de la memoria y la justicia. Al entrar, una voz repica “Silencio por favor, su señoría Duerme, Duerme, Duerme”. Una vez más el arte interpela lo real, y lo hace poéticamente. Anacoreta es quien se aleja de lo dado, adentrándose en formas y pensamientos –en sensibilidades- ocultos y vedados para la mayoría.
Místico es el convencido en la íntima, y casi sensual comunión entre su ser hondo y las
razones de lo existente. Poético es aquel que, partiendo de la belleza visible, puede escrutar los cánones trascendentes que albergan el lenguaje y el universo de las formas.
“Duerme”, la instalación de Gerardo Feldstein en el espacio de arte de la AMIA dirigido y curado por Elio Kapszuk, me permite esbozar algunas consideraciones sobre la obra de un artista que replantea la línea, el volumen y la ontología de los objetos.
De atmósferas donde el aire y la luz insuflan nueva vida a los materiales, ablandándolos
en su espíritu, la estética Feldstein no cesa de forjar una autonomía caracterizada por el gesto, la limpieza de los planos y el guiño para con quien contempla. Este guiño es, generalmente, lo observado en primera instancia. No obstante, tras apreciar en silencio sus piezas, emerge lo sustancial: la obra personal y perspicaz, el sutil y exquisito empleo de los espacios, la silente y homogénea composición, en fin, los diálogos entre el sentido y las apariencias.
He tenido la oportunidad de visitar el taller de Feldstein. Puedo afirmar que convive con
las materias que trabaja. Las mira e interroga: las sumerge en espirales infinitos donde
la factura es sólo una excusa más. Una excusa que posibilita otear lo inconmensurable
de la existencia. Y en ese viaje interminable e inconcluso, la obra deviene anacoreta
y mística, dueña de una poesía despojada, por momentos cínica, por momentos astral.
Esa poética –que en “Duerme” permite hablar de la memoria, la verdad y la justicia es
el aspecto más interesante de la obra.
Una obra atenta y urgente: necesaria.

Miradas
La obra de Gerardo Feldstein concita la atención de teóricos, críticos y artistas. El
artista Miguel Ángel Ronsino, quien le invitara a dar charlas, el académico Guillermo
Whitelow, autor del inteligente prólogo de la memorable muestra en Empatía en el año
2007 o Albino Dieguez Videla, con todo su prestigio, no dudaron en transmitir interesantes lecturas –elogiosas por cierto- sobre su ya vasto repertorio. No es para menos.
Contemplar los infinitos pliegues de lo existente sin abandonar el sustrato hebraico o
la suavidad zen adquirida con los años, implica ser permeable a los mundos antiguo,
clásico y contemporáneo, sin ignorar las riquezas conceptuales de la imbricada y
poco conocida aún multiplicidad mesoamericana.
La mirada Feldstein –mirada ácida e histriónica, de admirable compostura- indaga,
tras lo visible, las líneas y superficies que traducen el caos de lo real, sustrayéndonos
a una clara percepción de la incomprensible tectónica de lo bello.
Borges insistía en los laberintos y en los desiertos, en los espejos, los cruces y el
poder del objeto que puede trasladar recuerdos y así conjurar la eternidad. Borges,
desde el Río de La Plata, navegó la universalidad del lenguaje. Sus anacoretas se adentran en las grietas de los desiertos para así escapar a todo y vivir de la ingesta de serpientes.
Feldstein se interna en sus desiertos urbanos y señala el sepulcral silencio del que duerme, así como la errante condición de la sabiduría en un mundo perdido.
Miguel Ángel Rodríguez

