C. Perinotti

La primera retrospectiva en 30 años dedicada a este gran artista demuestra el creciente interés por parte de críticos y curadores

Algunos lo consideran un pintor sentimental de escenas rurales y de personas, otros admiran la pericia con que muestra temas comunes que le son familiares. Un crítico asegura que Wyeth huye de la realidad mientras que otros aseguran que toca los temas más profundos.

Los debates sobre qué lugar ocupa Wyeth en el mercado de arte norteamericano no han disminuido su popularidad. Por el contrario, sus trabajos siguen inspirando incontables imitadores y alcanzan precios astronómicos (en Mayo último, un cuadro de 1987, Battle Ensign, trepó a los 3,8 millones de dólares de un comprador anónimo en la subasta de Sotheby’s). A pesar de que su obra participó de distintas muestras tanto en el Metropolitan Museum of Art y el Whitney Museum, entre otras, es la primera retrospectiva en 30 años.

Wyeth, el hijo menor del conocido ilustrador N.C. Wyeth recibió su educación formal en el taller de su padre donde desarrolló un amor dual y a veces contradictorio por la fantasía y por la realidad observada. Ya en 1936, sus acuarelas atrían la atención de la crítica y al año siguiente vendió toda la obra en su primera exposición individual en la galería William MacBeth de Nueva York. En la década del ’40 Wyeth comenzó a experimentar con el temple al huevo, utilizando la técnica del pincel seco. En 1945, su padre y su sobrino de tres años murieron en un accidente automovilístico y a partir de allí Wyeth adoptó una paleta más sombría y se volcó por temas donde se reflejaba su sentimiento de pérdida.
A pesar de que los objetos y los escenarios de las pinturas de Wyeth puedan parecer familiares, en particular a aquellos que conocen las comunidades rurales de las afueras de Filadelfia y a lo largo de la costa de Maine, su significado sigue siendo evasivo.

Con los años, Wyeth se tornó más solitario y distante del mundo del arte recluyéndose en su casa en Chadd’s Ford, Pensilvania, Norteamérica.
Al mismo tiempo se ha beneficiado enormemente de la reproducción de sus imágenes, negocio que maneja su mujer Betsy.
El alejamiento de Wyeth y su deseo de anonimato (no acepta ser entrevistado) se ha manifestado en su pintura. A través de los años ha ido desarrollando una relación inusual con sus vecinos, entrando y saliendo de sus casas sin previo aviso para observarlos y pintarlos. A Wyeth no le gusta que sus modelos lo miren, porque le recuerdan a sí mismo.

Su inclinación por lo secreto, ayudó a llamar la atención en 1986 cuando se descubrieron una serie de retratos, muchos desnudos, de su vecina Helga Testorf, que había pintado durante un período de 15 años, y salieron a la luz del mundo… y de su mujer Betsy. La sugerencia de una relación prohibida hizo que las pinturas de Helga llegaran a las portadas de las revistas Time y Newsweek. La totalidad de los trabajos fue adquirida por un coleccionista privado en más de 10 millones de dólares.

Otra cuestión de crítica ha sido la temática reiterativa de Wyeth. Uno de ellos, Rosemblum, salió en su defensa argumentando que “Monet, Mondrian y Rothko pintaban siempre lo mismo”. También señala que la temática regional de Wyeth es más universal de lo que se imagina. “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”.
En los trabajos de Wyeth hay un dejo de romanticismo: un aire a J.M.W. Turner, a los pre-rafaelistas y a Winslow Homer. A veces, el hombre y sus trabajos parecen pequeños y solitarios contra la grandeza y el vacío del universo. Sin embargo, sentimos que Wyeth ama al hombre y sus detalles: la tetera, la tranquera, el balde de madera, tanto como el cielo, el mar y el majestuoso pino. Dios, misterioso y mágico, está en cada detalle y en el infinito. Hoy, con casi 90 años y 70 como artista, sigue produciendo obras que nos movilizan y conmueven.

Una muestra de sus obras, la serie de Helga, obras de su padre N.C. Wyeth y de su hijo Jaime pueden verse hasta el 14 de Mayo en el Naples Museum of Art, 5833 Pelican Bay Blvd.